viernes, 11 de junio de 2010

El saco mágico.


Por motivos que explicaré más adelante, no puedo decir quién soy… o quién fui.
Era una noche dura de invierno. Sobre la un de la madrugada, iba caminando por una calle poco transcurrida. No quería llamar la atención, aunque no pasaría muy inadvertida si alguien me viera por aquellos lugares a semejantes horas. Por fin llegué a mi destino, una vieja casa de aspecto abandonado. Llamé a la puerta y desde el interior me llegó una voz cansada:
-Entra.
Era una casa oscura y de aspecto tenebroso, acorde con su propietario. Subí al segundo piso y entre en el dormitorio. Allí, un convaleciente anciano de larga barba blanca reposaba sobre la cama. Los rumores eran ciertos, a Hook le quedaban pocas horas de vida. Ya no quedaban en su rostro vestigios de su grandeza. Allí, en su lugar, solo quedaban huesos.
-Te he mandado llamar porque tengo que darte unas cosas. Como descendiente del Gran Emperador serás la encargada de seguir con esta lucha. Pero tu sola no podrás conseguirlo, necesitas estos objetos- cogió una caja vieja de madera de la mesilla de noche y lo abrió- Esta es la espada legendaria. Me han dicho que eres una gran estratega, seguro que con ella podrás ganar muchas batallas. Pero esto no es lo más importante, sino esto. Tendrás que mantener en secreto que los tienes. Este es el único mapa Merodeador, te indicara donde encontrar los viejos tesoros perdidos. Pero no creas que es fácil. Los objetos se esconden. Y esto, lo más importante. Aquí podrás guardar todo lo que necesites o encuentres, siempre entrara. ¡Fuera del saco! Toma, esta pulsera te pertenece- y espiró por última vez entre tosidos.
Salí de la casa junto aquel viejo saco, la pulsera, el mapa y la espada. Siempre deseé convertirme en la siguiente estratega pero ahora que lo era, no sabía que pensar ni hacer. Así pues, emprendí la búsqueda del Imperio Perdido.

jueves, 20 de mayo de 2010

Diálogo con el espejo


Patricia era una dama a la que lo que más le gustaba era que le alabaran y le admirasen por su hermosura. Un día llegó a su mansión un regalo de un gran caballero. No era ni más ni menos, que un maravilloso y bello espejo. Por la noche, la dama se retiró a su cuarto y se miró en el espejo:
--Oh!!! ¡Espejito, espejito!! ¿Qué puedo hacer para que la gente no me alabe tanto por mi belleza?
-- No creértela tanto.
--¿¿Queé??- preguntó la dama asombrada.
--Que no te creas tan hermosa, pues tu belleza no es tanta. La gente solo te lo dice para complacerte.
--¿Qué has dicho espejito charlatán?- contestó malhumorada la princesa.
-- ¿Qué es, la bella dama tampoco sabe escuchar?- dijo el espejo con sarcasmo.- Eres guapa pero no te creas guapa entre las guapas, pues te vuelvo a decir que tu hermosura no es tal.
La dama quedó muda de asombro y se fue a dormir. Al día siguiente, decidió volver a ir ante el espejo para asegurarse de que aquello no había sido ninguna broma ni ninguna pesadilla.
--¡¡Buenas noches espejito!!
-- ¡Hola! – al menos era verdad que hablaba.
-- ¿Soy guapa?
-- Si.
-- ¿Cuánto?
-- Guapa entre las normalillas.
-- ¿Por qué me dices eso? Todo el mundo dice que soy muy bella.
-- Los que te lo dicen es que tienen dañada la vista pues no ven la verdadera hermosura.
-- ¿Y cuál es esa?
-- El corazón, y tu de eso escaseas pues solo te preocupas de que la gente te diga cuan bella eres- y la dama, asombrada, se quedó ante el espejo para ver si encontraba eso que el espejo llamaba corazón.

sábado, 8 de mayo de 2010

Descripciones de los ojos.


Esos hermosos y cautivadores ojos de hielo, son los más bellos que uno nunca pudiera imaginar. Esos ojos que te miran, desafiantes, a tus ojos. Y que hacen sentirte insignificante.

Los más hermosos soles que más que soles son dos témpanos de hielo. Esos ojos que me cautivan en mis mejores sueños pero, sobre todo, de gran belleza y que te hacen sentir como un pequeño bichejo.

Hermosos y cautivadores ojos son aquellos que me cautivan en mis mejores sueños. De gran belleza, parecen hechos de hielo y además parecen mirarte desafiantes.

Descripción de las manos


Mis pequeñas y blancas manos son de finos dedos. Estas lindas, suaves y ágiles manos serían más hermosas si tuvieran unas bonitas y arregladas uñas a juego con el color de mis zapatos. Además serían perfectas si les quitáramos las cicatrices.

Mis manos, pequeñas guerreras en mis quehaceres diarios. Esas guerreras de nieve que nunca tienen unas uñas arregladas son, a mi parecer, de gran hermosura a pesar de las marcas del pasado.

Mis lindas manos de nieve poseen unos finos dedos. Esas pequeñas guerreras en mis quehaceres diarios, para desgracia mía, nunca tienen unas uñas bien arregladas y siempre con esas marcas del pasado.

Descripciones de zapatos.


Mis blancos zapatos de charol son comodísimos. Tienen un pequeño taconcito que le da un toque de elegancia. Los zapatos caminan, silenciosos, por los lugares a los que voy.

Mis zapatos, nubes de algodones blancos, son de charol. Los zapatos son silenciosos allá a donde van. Son de una blancura excepcional y hacen que mis pasos sean más gráciles.

Mis queridos zapatos de taconcito son de una blancura excepcional. Esas nubes de algodones blancos hacen que mis pasos sean gráciles y, además, vuelven mi andar más ligero y silencioso.

lunes, 22 de febrero de 2010

Así soy yo.


Es guerrera. Una de las más legendarias guerreras celtas que dirige una de las escuelas de lucha más famosa y que está en la isla de Skye. Es la directora de esta escuela y entrenó durante varias generaciones a héroes y guerreros. Le encanta la lucha desde pequeña y por eso llegó a donde llegó.
Tiene 2517 años aunque no aparenta más de 17. Obviamente, es inmortal. Tiene sangre vampiresa por parte de padre lo que le concedió en gran parte la inmortalidad aunque también es inmortal gracias a que su madre tiene antepasados snizs.
Es alta y delgada. De cabellos morenos y ondulados, suele vestir de verde ya que es su color favorito. Cuando le da el sol en su cabello, éstos se vuelven rojizos y muchos dicen que es por tanta sangre que vertió aunque le pasa desde pequeñita. A pesar de no hacerle falta respirar por su sangre sniz, prefiere hacerlo porque así dice advertir mejor los peligros. Nadie sabe a quién se parece más: si a su madre o a su padre pero muchos dicen que es clavada a su bisabuela por parte paterna aunque no se puede asegurar porque no se sabe mucho de como era la familia materna pues no llevaban mucho tiempo viviendo en un medio terrestre.
Tiene una paciencia de oro lo que la hace invencible en la lucha pues hace desesperar al enemigo y, además, le deja fijarse en sus puntos débiles. Nadie sabe de quién heredó este arte en la lucha pues nunca habían visto a alguien tan bueno.
No le gusta estar bajo las órdenes de nadie pues así no se siente ella misma. Bajo su aspecto juvenil, se ocultan siglos de batalla.
No suele tomar cariño a ningún humano pues para cuando lo conoce bien, éstos ya son muy mayores. No los cree una raza inferior, pero si un poco ignorantes.
Ella es única.

Mi larga vida.


Nací en lo que actualmente se llama Aberdeen, en el año 507 a.C. y soy hija de padre herrero y madre de antepasados snizs, una raza que vive en las profundidades de los mares. A pesar de tener 2520 años, no aparento más de diecisiete, pues mi padre y sus familiares eran vampiros y yo heredé sus poderes. Así pues, soy inmortal.
Crecí en las calles del pequeño Aberdeen hasta que a los quince años decidí ir a la escuela de lucha y mis padres decidieron llevarme a la isla de Skye. Tres años después, en el 489 a.C., ya era una de las mejores alumnas de la escuela y dos años más tarde me dejaron participar en mi primera batalla. Esta no fue, ni más ni menos que la batalla de las Orcadas, gracias a la cual dejé de ser una aprendiza de segundo rango a una de primero, lo cual me permitía participar en las asambleas junto a otros seis aprendices de primer rango y el profesorado. En estas reuniones decidíamos que hacíamos en cada batalla y a qué bando nos uníamos y, además, elegíamos a los próximos alumnos después de haberlos sometido a una prueba que yo recordaba muy bien.
En el año 484 a.C., ocho años después de llegar a la isla de Skye, acabé mis estudios y regresé a casa, justo un año después me uní a las tropas de Karon pero esto sólo duraría doscientos años, pues no me gustaba estar bajo las órdenes de nadie y abandoné las tropas para luchar por mi cuenta.
Me fui a vivir a Inverness. Al principio fue fácil, pero pronto me aburrí de mi vida sedentaria y me hice nómada. Durante muchos años viaje por Europa, África y Asia. Participé en numerosas batallas y de vez en cuando me permitía el lujo de volver a casa a ver a mis padres. En todo este tiempo no volví a visitar la isla de Skye, hasta que en el año 101 d.C. me llegó un pájaro mensajero informándome de la muerte en batalla del director de la escuela. En ese mensaje me pedían que como ex-alumna que era y como buena guerrera celta que también era, fuera allí para elegir al nuevo director. Nada allí había cambiado y el palacio, que durante años lo había considerado mi hogar, brillaba con todo su resplandor. Al día siguiente a mi llegada, se celebró el funeral al que asistieron los mejores guerreros de los tres continentes y tras un mes de luto, se eligió al nuevo director que, por primera vez en la historia, era un mortal. Volví después a mi vida nómada.
Durante un período corto de tiempo que duró doscientos cincuenta y ocho años, la vida de guerrera era muy aburrida así que, me fui a vivir a la isla de fuego donde podía luchar contra dragones y otros reptiles. Ya he dicho que esta paz acabó y fue debido a la muerte del cuarto director mortal que gobernaba Skye. Tras la muerte de éste, muchos se rebelaron contra la dirección de Skye pues, a los inmortales no les gustaba mucho como iba la escuela ya que cada dos por tres se cambiaba de director. Hay que tener en cuenta que yo pertenecía a la última generación de inmortales y que la anterior generación era la de mis padres y tenían tres mil setecientos sesenta y ocho años, por lo que para nosotros ochenta años no eran nada. Esta batalla de inmortales contra mortales, pues éstos luchaban por sus derechos, se saldó con pocas muertes de nuestro bando, ya que éramos guerreros por naturaleza y muchas del otro aunque quizás no fueran tantos debido a la guerra sino al tiempo, pero no puedo asegurar porque no se muchos de esta especie. Durante el tiempo que duró ésta, perdía la noción del tiempo, que cuando acabó con la última batalla en la que los mortales pusieron todos sus esfuerzos en defender Skye, me di cuenta que para los mortales había sido mucho tiempo, pues estábamos en el 28 de abril del año 603, justo el día de mi cumpleaños. Esa batalla que, por cierto, había sido espectacular había estado bajo mis órdenes. Luego de poner orden en el castillo, se realizaron las elecciones. Había muchos candidatos y entre ellos se hallaba Danae, hija de un conde. Cuando se dio a conocer el resultado, para sorpresa de todos, yo había salido vencedora. Al saberse Danae desapareció y entre nosotras nació un odio eterno gracias al cual nos batiríamos en numerosas batallas. Desde entonces, Skye quedó bajo el poder de inmortales y tras proclamarme directora en un acto al que habían acudido miles de inmortales, se celebró una fiesta por nuestro triunfo que duró ciento cincuenta años. Muchos me empezaron a llamar la gran Scathach, pero los más sabios y los que habían estado a mi lado en la última batalla me llamaban Scathach la legendaria.
En el año 755 d.C., los pasillos del castillo de Skye se volvieron a llenar de alumnos y a algunos afortunados se les daba clase de lucha. Estos acababan siendo los mejores luchadores, pero con el paso del tiempo cada vez había menos alumnos, pues nada amenazaba a nuestro imperio.
En el año 1410, en un viaje por Francia, conocí a Nicolás Flamel y a Perenelle Flamel, un extraño matrimonio de mortales que a la vez eran inmortales pues Nicolás, el alquimista, tenía bajo su poder un codex, un libro con una extraña escritura en el que se ocultaba el secreto para obtener la vida eterna. Volví con ellos y con su extraño libro, pero no encontramos nada salvo en un pequeño libro de leyendas en el que decía que nadie con menos de seiscientos años podía abrirlo. Una noche, cuando lo abrí y me dispuse a leerlo, descubrí que su letra cambiaba y el texto con ella. Era difícil de leer y, además, debía estar en una lengua arcana.
En 1492 embarqué junto con Nicolás, Perenelle y Colón rumbo a las Américas pero al llegar a ellas los muy ignorantes lo confundieron con las Indias y, aunque yo dije desde un principio que eso era otro continente, los mortales me tomaron por loca y nos quitaron a los tres de la historia. Al volver a Skye, seguí entrenando a héroes y guerreros y no volvió a haber nada fuera de lo normal, salvo mis encuentros con Danae, que no fueron pocos. La última fue el otro día, donde tuve que ir hasta África y de allí al infierno, pero ella no es rival para Scathach la legendaria.

jueves, 4 de febrero de 2010

Scathach en el infierno.


Llevaba tiempo siguiendo el rastro de Danae, mi enemiga. Tiempo atrás, había osado presentarse en mi hogar, la isla de Skye, para presentarme batalla. De aquella tuve que dejar de dar clases de lucha y pelear en la batalla que duró dos semanas. Tampoco puedo decir que la batalla se acabara ahí pues, tras echarla de mi isla, la seguí por casi media Europa pero al llegar a un pueblecito de orillas del Cantábrico, le perdí el rastro. Busqué día y noche algún rastro, pero no lo encontré hasta el anochecer del siguiente día. Seguí el rastro como buena buscadora que soy. Este iba hacia el sur, hacia África. Caminé durante días.
El viaje, a pesar de ser fácil, me resultó raro porque respiraba una extraña tranquilidad que no era propia con la guerra que se avecinaba. Así iba yo, con mis preocupaciones a cuestas, cuando llegué a Tarifa y haciendo honor a mi sangre sniz me sumergí en el agua y nadé hasta África. Allí, me interné en el desierto. Odiaba aquel paraje, no había nada verde ni agua y eso me desesperaba. La comida no era ningún problema, ya he dicho que tengo sangre sniz, pero era un clima muy seco para mi gusto. En mi tierra decían que el infierno era lo peor que te pudieses imaginar, pero yo no podía imaginar nada peor que aquello. Era mi infierno en miniatura y a pesar de poder apartar de mi cabeza cualquier pensamiento, no me podía quitar de la cabeza un cartelito con luces en el que llamaba al cielo agua. Por si acaso hay algún navegante a bordo que sepa poco de los snizs, diré que son los guerreros del agua y que tiempo atrás algunos habían salido del agua para ayudar a los nanfines en su batalla contra los stunzs. Esto lo habían conseguido gracias a que un poderoso mago los convirtió en humanos, pero el hechizo no salió del todo bien y, aunque aparentemente eran humanos, por dentro seguían siendo snizs. Un antepasado mío había sido uno de esos valientes snizs y yo, aunque más humano que ellos, aún seguía teniendo sangre sniz.
Bueno, continuemos con la historia. Estaba yo en mi pequeño infierno subiendo una duna. Al llegar arriba, un olor a azufre me invadió. Al principio, pensé que sería algún dragón pero pronto me di cuenta de que el olor era demasiado fuerte, incluso para ser de dragón. Aquel sitio apestaba a azufre y a muerte. De hecho, solo faltaba un letrero al principio del paraje alertando del peligro. Intenté descubrir que se ocultaba bajo tal pestilencia, pero una oscuridad lo ocultaba todo así que decidí descubrirlo por mi propia cuenta. Al adentrarme en la oscuridad, sentí que una intensa niebla llenaba el lugar y un olor intenso, como a pescado podrido. Seguí andando y tras mucho rato de caminata, vi que empezaba a haber más claridad y pude distinguir entonces una sombra a lo lejos. Me acerqué más, y cuando estaba a unos escasos metros, la sombra habló:
- Bienvenida al infierno. Este será tu fin, Scathach.
- ¡Así que aquí es donde te ocultabas¡ Nunca debiste salir de aquí.- y sin previo aviso, empezamos un encarnizada batalla. Los detalles de ésta no los recuerdo muy bien, pero sé que fue muy larga. Danae era una maga oscura y yo de magia sabía poco, ya que hacía poco que el mago Merlín era mi maestro. Así que, me tuve que defender con mis pequeños conjuros de protección. Pero yo tenía un punto a mi favor, y con mis maravillosas estocadas, ataqué a Danae. Solo puede saber Dios cuanto duró esta batalla, pero el final desde luego, no era ni más ni menos el que yo me esperaba. Tras una estocada que dio en el brazo de Danae, la oscuridad desapareció y con ella Danae. No sé bien que pasó, si bien hizo un hechizo o bien murió y con ella su magia. Tendré que volver a Skye e ir a una de las clases del mago Merlín para ver si él me puede ayudar.

domingo, 31 de enero de 2010

el infierno



Hacía ya dos días que había muerto mi abuela y, estaba destrozada. Casi no había dormido, ya que cuando lo intentaba, al poco me levantaba sudando y siempre tras una pesadilla, pero ese día no pude vencer al sueño y me quedé dormida. Pero no tuve más pesadillas, más bien mi vida se convirtió en una.

Cuando me desperté, ya no estaba en mi habitación, sino en una gran explanada desierta. Aquello era desolador. Al principio pensé que era otra pesadilla, pero pronto me di cuenta de que estaba despierta. Junto a mí, había una daga de extraña belleza que parecía llamarme y un papel doblado a la mitad de color crema, en el que ponía “busca a Carrigan” con una letra extrañamente parecida a la de la abuela. Me levanté y me puse en marcha sin saber muy bien a donde me dirigía. No sabía cómo encontrar a esa tal Carrigan, ni donde me encontraba, ni como había llegado hasta allí. Para empeorar todo un poco, no había ni un solo árbol y la pradera parecía no tener fin. El sol ya estaba en su zenit y hacía un calor asfixiante. Del suelo parecía brotar fuego, aunque tan solo era el aire que te quemaba por fuera y por dentro. ¡Aquello era un infierno ¡ Seguí andando y andando, pero no veía nada nuevo, tan solo la misma pradera y el mismo calor. ¿Es qué nunca se iba a poner el sol? De pronto, me di cuenta de que el calor no me afectaba tanto y que parecía ser parte de mí. Cuando me di cuenta de esto, por arte de magia a lo lejos, apareció una puerta. Corrí hacia ella aunque si alguien me hubiera visto, casi podría afirmar que volaba. Al irme acercando, vi que era una puerta enorme y majestuosa de madera de roble. Al llegar a ella, vi que estaba cerrada.

- ¡Carrigan- dije con decisión, pensando que podía ser una contraseña. Pero para sorpresa la mía, del otro lado salió una voz y a la vez se abrió la puerta.

- ¡Hermana, te he estado esperando durante un montón de tiempo ¡- ante mí se erguía una chica de belleza extrema. Le caía su melena negra azabache sobre los hombros y una túnica violeta le daba un aspecto elegante. Llevaba un collar que tenía un medallón con un círculo de azabache y en el medio, una estrella de oro. Era igual que el que me había dado mi abuela. Sus ojos eran grandes y profundos, pero lo que más llamaba la atención de ellos era su color rojo que parecía quemar todo. Era esbelta y no aparentaba más de dieciséis años. Al volver la vista de nuevo a su rostro me di cuenta de que me era vagamente familiar y de repente, todo me cuadró.

Carrigan, más conocida como Morrigan, era la diosa de la muerte y tenía dos hermanos más que junto a ella, algún día ganarían la gran guerra contra los Stuzs, unos temibles monstruos. Sus dos hermanos eran Badb y Matcha y según los mitos no se podría decir cual era más bella. Carrigan me había llamado hermana y yo me pregunté cual de las dos sería. ¿Badb o Matcha? Pero no pude pensar nada más, pues en ese momento el cansancio se apoderó de mí, y nada pareció importar más.

lunes, 9 de noviembre de 2009

El porquerizo.


Tenía yo dieciseis años y ya era todo un gran rey. Era apuesto, guapo, no muy rico, pero guapo. No me llevaba muy bien con los demás príncipes, pues la envidia corroe y, que quieres, deseaban ser como yo. Más de trescientas princesas me habían pedido la mano, aunque las malas voces dicen que no llegaron a cien. Yo, por supuesto, se la había negado. No estaban a mi nivel, ni eran suficientemente guapas ni ricas, así que no lo dudé.
Ya estaba viendo yo que no había mujer decente en todo el mundo y que me iba a tener que casar con una "extraterrestre" cuando a mis oidos llegaron rumores de una emperatriz joven y rica que quería casarse. Oido esto, me despreocupé de si era bella o no y no me demoré en ordenar cortar la hermosa flor de la tumba de mi padre, que decían que curaba las penas, aunque esto último habría que verlo. Para colmo, solo crecía cada cinco años. Esto lo metí en una caja de plata que me costó un ojo de la cara, en otra caja metí el ruiseñor que cantaba en dicha tumba. No malgasté más dinero y mande las cajas rumbo al castillo del emperador.
Al cabo de una semana, a palacio llegó una carta del emperador con una negativa. No me cabía en la cabeza que la emperatriz, tanto que me disfracé manchándome la cara, poniéndome un gorro que había utilizado una vez y unos guantes que ví en una tienda. Con tal mal aspecto me presenté ante el emperador y le pedí trabajo. Al pobre le debió afectar en el corazón, pues su cara era todo un cuadro.
- ¡Huy¡ Muchos me piden trabajo. - se quejó el soberano. Pero en este palacio se necesita mucha comida. ¡Ya lo tengo¡ ¡Porquerizo¡, el porquerizo real. Hum, -se relamió - ja, ja, ja.
Y la verdad es que lo de la comida no hacía falta que lo aclarara, pues su barriga era bien prominente. Pensando yo ésto, se me ocurrió si en realidad no tendría que ser puericultor real que la verdad, hay que decirlo, es un nombre muy refinado.
Me dirigí al coritjo y allí no trabajé con los cerdos, pues con uno me había llegado y me dediqué a construir un asombroso puchero con todas sus letras, pues cantaba Querido Agustín y además adivinaba las comidad de todo el reino.
Al día siguiente, cuando estaba probando a ver si funcionaba, la emperatriz pasó por delante del cortijo y al oir la canción, mandó a una dama a preguntar el precio. El precio estaba claro, diez besos de la emperatriz. Al principio se hizo de rogar, pero después aceptó. ¡Si es que hasta el porquerizo es guapo¡
Esa noche hice otro aparejo. Esta fue una carraca que al girar tocaba cualquier vals o danza conocida. La emperatriz no se pudo resistir y tampoco rechistó al pagar con los cien besos. Pero esos besos nunca los recibiré todos, pues al llegar a ochenta y seis el emperador nos descubrió y nos echo del reino.
Cuando ya no se veían las puertas del reino, harto del llanto de la emperatriz que nos acompañaba desde la salida este, me quité el disfraz y enfadado dije:
- Eres despreciable. Le dijiste que no al hermoso principe a pesar de la flor y el ruiseñor, sin embargo por simple chatarra te rebajas a dar ciento diez besos a un sucio y asqueroso porquerizo y el colmo es que ahora, al verte sola, aceptarías mi pedida de mano.
Me dí la vuelta y regresé a mi reino. Una vez en mis aposentos ordené crear una nueva ley que prohibiese hablar de la emperatriz y todo lo relacionado con ese asqueroso reino.

domingo, 25 de octubre de 2009

El gran himno del Gran Real Club Celta de Vigo


Hala, Celta, a demostrar;
por tu historia y tradición,
que tu lema es noble juego,
valentía y corazón.

Cuando juegas con tesón
vibra toda la afición.
Hala, Celta, gritamos,
hala, Celta, campeón.
Celta, Celta, ra, ra, ra.

Hala, Celta, a demostrar;
por tu historia y tradición,
que tu lema es noble juego,
valentía y corazón.


Cuando juegas con tesón
vibra toda la afición.
Hala, Celta, gritamos,
hala, Celta, campeón.
Celta, Celta, ra, ra, ra.

lunes, 5 de octubre de 2009

Un día en el recuerdo.


Eran las siete de la mañana de un día de septiembre de 1944. Tenía tan solo siete años, pero todos los días tenía que levantarme a la misma hora. No, no era para ir a la escuela, hacía un año que no iba. Mi hermano había enfermado y mi familia no se podía permitir los medicamentos, así que tuve que empezar a trabajar. No era un trabajo agradable, pero al menos lo tenía y podía ayudar en casa.

Recuerdo perfectamente ese día por su frialdad. Me levanté rápido porque si tardaba más de dos minutos ya me veía con una bofetada en la cara. Bajé a la cocina y salí de casa. Hacía mucho frío y una espesa niebla cubría todo. Me puse en camino, sin saber muy bien por donde, por entre las fincas cogiendo de paso un poco de fruta. Tenía que hacerlo, no me quedaba más remedio, pues sino no comería nada. Continué por un estrecho camino por el que en aquellos lejanos tiempos, aunque apenas había pasado un año, me divertía con mis amigos cazando mariposas. Llegué a donde empezaba la parte de la ciudad donde sus calles estaban adoquinadas. La niebla allí aún era más espesa y olía mucho a mar. Al oir el ruido del tranvía bajé corriendo la cuesta pensando que quizás o
í que podría volver a dormir en mi casa y no quedarme trabajando. Sólo pude ver el tranvía cuando estaba a unos metros y me sujeté por la parte de fuera. Cuánto envidiaba a los que iban dentro con esas ropas nuevas y abrigos tan reconfortantes, pero yo no podía ir dentro, no tenía dinero.


Al llegar a mi destino, me bajé de un salto y salí corriendo hacia el calor del casino, que era donde trabajaba como botones. En mi afán por llegar lo antes posible, tropecé con el primero de los escalones y caí. Me levanté y esta vez más despacio y con más cuidado, subí las escaleras y atravesé la enorme puerta giratoria dorada. Eso ya era otra cosa!. Había más claridad, lo que llevó a ver mi aspecto. No me había roto el pantalón, ¡qué suerte!, pero me había manchado de tierra. Sacudí el pantalón y mientras estaba en ello, apareció el estirado ayudante del jefe.

- Eh, tu botones!. Ponte a trabajar, no te queremos de florón.
Me dieron ganas de contestarle, pero se quedaron en eso, en ganas. No me podía arriesgar a perder el trabajo.

De nuevo, tuve que salir al frío a limpiar el pasamanos, también dorado. Hoy iba con retraso, porque la niebla no dejó que el tranvía fuera más rápido. Así que, tenía que darme prisa si después quería vender tabaco para ganar algo más de dinero. Bajé los escalones y empecé a echar el limpiador hasta llegar arriba, después en vez de ir bajando y limpiando con el paño, puse el paño arriba de todo y me senté encima de él. Me deslicé por la barandilla y a continuación hice lo mismo con la otra. Luego limpié las escaleras, que eran de mármol, además llevé una cuantas cartas a sus destinatarios.

Era hora de comer, así que cogí una de mis manzanas y me la comí. No tenía que llevar más cartas ni limpiar nada más, así que cogí una bandeja de tabaco y me dirigí a la puerta a venderlo. Ese día la gente compró bastante, así que no tuve que trabajar hasta tarde ni tampoco quedarme a dormir allí.

La niebla ya se había disipado y se podía ver perfectamente los colores del tranvía, que destacaban entre el suelo adoquinado marrón y las casas blancas. Me subí a él de aquella forma, hice el viaje de regreso a casa en soledad. Era lo que más duro se me hacía, no poder hablar con mis amigos. Cuando yo acababa el trabajo, ellos ya estaban en cama. Cuando me despertaba, ellos iban a la escuela. LLegué a casa sabiendo ya que habría de postre, las manzanas que sobraron de la comida. Cuando entré en casa mi padre no estaba, tan sólo estaba mi madre a la cual le entregué el dinero.

- Madre, ¿y padre?
- A encontrado un trabajo nuevo. Ponte a comer!.
Me puso en la mesa un plato en el que aparte de manzanas había las sobras de algún tipo de carne. Miré hacia mi madre y en sus ojos pude ver algo que hacía tiempo que no veía: un atisbo de esperanza.